Frigidez: ¿la sufres, o te hace sufrir?

El concepto de frigidez, que se aplica a la mujer, está afortunadamente cada vez más en desuso. Porque tiene claras connotaciones peyorativas. Pero sigue usándose.

En algunos manuales se dice que ahora recibe la denominación de ‘Trastorno del Deseo Sexual Hipoactivo o TDS, y se la considera una disfunción sexual, pero esto no es del todo exacto.

Se dice que hay similitud con trastornos como la dispaurenia –dolor en el coito-, la anorgasmia –imposibilidad de conseguir orgasmos- o la anafrodisia -ausencia de deseo sexual-, lo que añade confusión en torno al significado del concepto de frigidez. Pero de hecho lo que ocurre es que el concepto de frigidez como tal está entrando en desuso. Del modo en que venía aplicándose, significa ausencia de cualquier capacidad, excitación o sensación placentera en las relaciones sexuales, a menudo incluso al intentar la masturbación. Tal trastorno existe, pero no sólo es bastante raro sino que puede afectar por igual a mujeres y a hombres. Actualmente se asocia más con la ausencia de placer, pero está claro que hay que dejar de usarlo para no cultivar más esa confusión.

De todo este ‘movimiento semántico’ se trasluce una conclusión. Hay muchos conceptos aplicados a supuestos trastornos sexuales en la mujer, y quizá son demasiados. Quedémonos de momento con ese ‘demasiados’, porque es una pista que nos conduce a la visión machista, patriarcal y dominante sobre la mujer que ha venido ejerciéndose durante décadas por parte del ‘colectivo’ masculino, incluyendo por supuesto a profesionales de la salud, la Ciencia y la medicina.

Por suerte la Ciencia sigue avanzando más o menos con criterios de objetividad, y hoy sabemos que muchos de estos trastornos aplicados a la mujer no están tan bien definidos como se pretendía, y que la psicología, la educación y la influencia de la cultura tienen el peso suficiente como para tener que recontextualizarlos.

Tampoco hay que haber estudiado Lógica para comprender que sin deseo previo, aunque sea inconsciente o como fantasía, es difícil que exista placer sexual. Por lo que la existencia de los supuestos trastornos anafrodisia, anorgasmia, dispaurenia e incluso la borrosa frigidez, está demasiado condicionada a la presencia o ausencia de deseo, y necesitarían por tanto, como decía, ser redefinidos o recombinados de un modo más sobrio y objetivo.

En espera de esta redifinición, opino que es peligroso usar cifras o estadísticas de estudios acerca de tales trastornos, o entrar en distinguir si son primarios o secundarios, o sin son de origen orgánico o conductual, pues lo único que harán es prolongar la creencia de que existen como tales, lo cual, también en mi opinión, es hoy por hoy cuestionable.

El deseo sexual, pues, o sea su presencia o disminución, podría ser el verdadero factor clave que explicaría y simplificaría este exceso de supuestos trastornos sexuales en la mujer. Más teniendo en cuenta algo que diferencia mucho la naturaleza de la psicosexualidad femenina de la masculina, como es una necesidad de estímulos eróticos, sensoriales, ambientales, anímicos y emocionales mayor que la masculina, a la que puede bastarle a menudo con una simple estimulación física focalizada en los genitales. Esta mayor ‘complejidad’ de la sexualidad femenina ha sido vista hasta ahora por los hombres como un problema, y se ha caído en la tentación de patologizarla.

La sabiduría popular hace ya unos años que ha creado una frase para ilustrar este cambio de paradigma: “no hay mujeres frígidas, sino hombres inexpertos”. Bueno, para ser más objetivos, yo añadiría “y mujeres con una educación sexual, corporal y sensorial inadecuada”. Y es que también muchas mujeres tienen su parte de responsabilidad, al elegir conscientemente seguir el modelo patriarcal masculino y al adoptar roles psicosexuales pasivos, a cambio probablemente de seguridad material –o la promesa de esa seguridad- para ellas y para sus hijos. En un plano más concreto, p.e., es habitual el siguiente comportamiento: dado que el deseo sexual femenino necesita una variedad de estímulos más amplia que en el hombre, es fácil que en el transcurso de la convivencia o matrimonio disminuya, y ante esta realidad muchas mujeres optan por soportar, sin apenas deseo ni excitación, la exigencia o necesidad de relaciones sexuales de sus parejas masculinas, llegando a desear o favorecer que él termine pronto para finalizar el coito cuanto antes. Si el hombre además la presiona para que se excite o la acusa de supuestos problemas como una frigidez, esto puede inhibir aun más en ella el poco deseo sexual que le queda hacia él. Este ejemplo es por desgracia todavía muy frecuente, no habla nada bien de la inteligencia y sensibilidad medias de los hombres, pero tampoco de la inteligencia y autoestima medias de las mujeres. Por desgracia también, habla de la pervivencia de la estúpida necesidad de la lucha por el poder en la pareja, algo que nos mantiene a los humanos evolutivamente todavía demasiado cerca de algunos de nuestros ‘parientes’ primates.

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